De todo un poco

Escritores vs críticos literarios

No soy una persona constante. En lo que puedo, me gusta el cambio, lo nuevo. En general, prefiero ir a un bar o café recién inaugurado, a ver qué tal ese caffe machiatto o los scones de queso, que repetir siempre el mismo local donde el mozo te conoce y ya sabe qué vas a elegir, antes incluso de pedirlo. Este tipo de “infidelidades” las repito en varios ámbitos, y también con la crítica literaria. Tengo etapas (sobre todo cuando viví en España) en las que estaba siempre al tanto de las reseñas de los libros publicados, o de la lista de libros preferidos de tal o cual periodista, hasta de los libros más vendidos (sabiendo que en estos hay más de promoción editorial que de realidad). Pero luego me saturo y paso épocas sin leer ningún artículo ni post de este tipo.

Las discusiones sobre el rol del crítico literario son eternas. ¿Es necesario? ¿Son solo escritores frustrados, responden a intereses de las editoriales? ¿La función del crítico académico es solo para una elite minoritaria que se regodea en su reducido grupo encerrado entre cuatro paredes? La polémica está servida.

Imagen de © Images.com/Corbis
Imagen de © Images.com/Corbis

El escritor siempre está expuesto a la crítica. Cuando termina una obra y la envía a sus amigos o conocidos. Cuando la presenta a una editorial para intentar la publicación. Cuando la envía a un concurso literario. Y sobre todo, cuando publica, ya que cada lector será un crítico potencial, con su punto de vista personal y único. Pero los críticos “profesionales”, los que viven de esto, siguen siendo discutidos. Escritor y crítico son como las dos caras de la misma moneda, enfrentados porque una mala crítica que consiga amplia difusión puede perjudicar mucho un libro, pero del otro lado los críticos necesitan la obra del escritor para que tenga sentido lo que hacen. Decía Onetti que “Los buenos libros se escriben para que gusten a sus autores, en primer término; luego para que gusten a Dios o al Diablo o a ambos conjuntamente; y en tercer término para nadie”

No creo que la acusación de que “responden solo a intereses comerciales” se pueda aplicar solo a los críticos. Que los hay, los hay, todos lo vemos. Pero no son todos. Y muchos escritores caen en la misma trampa. Los que publican un libro por año, por compromiso de un contrato firmado, por ejemplo. O los que publican lo que sabe que se vende, aunque no sea lo que de verdad tienen ganas de escribir. Cada uno elige lo que quiere leer, y en el fondo sabe qué crítica literaria es auténtica y aporta, y cuál es solo una mera recomendación para que compremos tal o cual novedad editorial.

Muchas veces despiertan grandes polémicas, odios y enemistades a muerte. Y potenciados ahora por las redes sociales, hay un boom del “chusmerío crítico-editorial”. Con esa tendencia a la pérdida de tiempo que generan las redes sociales, hace poco, (y no es que no tuviera nada para hacer, creo que justamente por lo contrario, por el agobio que sentía de tantas cosas pendientes), me pasé más de media hora siguiendo el hilo en Facebook de una discusión entre un crítico literario nuestro y la polémica con el editor cuyos libros criticaba. A juzgar por la reacción de ambos, y todos los comentarios de los que intervenían en la discusión, la cosa sigue importando y mucho.

Las críticas o análisis literarios que me interesan a mí, y me siguen atrapando a pesar de mis períodos de abstinencia, son las que aportan luz sobre una obra, estudian en profundidad al autor, nos hacen descubrir significados ocultos que no habíamos visto en la primera lectura. Aunque sin exagerar, porque a veces parece que lo hacen tan difícil que ni el propio escritor entendería lo que el crítico quiso decir. Siento que la buena crítica literaria, la que aporta y está escrita con sinceridad, conocimiento sobre la obra y un punto de vista original y propio, siempre tendrá valor y lectores que sepan apreciarla y disfrutarla.

Una tertulia muy negra

La tertulia de un viernes
La tertulia de un viernes

Empiezo este post con una confesión íntima: Soy “fan” de las tertulias que dirige Emiliano Cotelo. Antes en El Espectador, ahora en Oriental, “En perspectiva” sigue atrapando mis mañanas siempre que puedo escucharlo. Empecé a seguir este formato de programa de radio cuando vivía en Madrid, en la Cadena Ser, en la época de Iñaki Gabilondo, antes de Carles Franzini (parece que de allí fue que se trajo la idea a Uruguay). Aunque los españoles, radicales y expresivos como son en todo, se gritan mucho y discuten con violencia, y el moderador no consigue ordenar la cosa. El que escucha a veces se pierde lo que cada uno opina en ese escándalo de voces superpuestas. En cambio, Cotelo impone respeto y consigue un equilibrio entre los cuatro invitados.

Hay muchos que dicen que no es lógico que haya “todólogos” que hablen sobre todo, desde la revolución francesa hasta qué dijo el presidente de Venezuela en su último discurso, pasando por la new age o el futuro de Internet. Puede, ser, no lo discuto, pero yo lo disfruto igual. Tengo mis preferidos, claro, pero no es el tema de este post.

En la primera edición de Semana Negra, que se hizo en La Floresta, me animé y llamé a “En perspectiva” para invitarlos a participar, en una mesa sobre novela negra. Con muy buena onda, les entusiasmó la idea y aceptaron. Fue “La Tertulia de los viernes”, como correspondía a un evento literario. Un viernes de Semana Santa, en un balneario tan católico como La Floresta, ¡todo un desafío hablar de muertes, crímenes y asesinos! Me invitaron a participar de la mesa. Nada menos que con Carlos Maggi, Ana Ribeiro y Juan Grompone.

Como si no estuviera nerviosa
Como si no estuviera nerviosa

Realmente, estaba nerviosa. El tema era la novela negra, claro, y yo ya tenía pensado qué iba a decir, sobre qué novelistas iba a hablar, mis libros preferidos. La tarde anterior, jueves, el día en que se inauguraba Semana Negra, vinieron los técnicos a probar sonido, Internet, conectaron los equipos, todo muy profesional. No podía estar Emiliano porque estaba de vacaciones, así que vino vino Rosario Castellanos, recorrió las instalaciones, tomó fotos, asistió a alguna charla. Todo en orden. Cuando ya estaba terminando la actividad de ese día, me llamó Nicolás Batalla, el productor del programa:

Acaba de morir Gabriel García Márquez”, me dijo. “Por lo tanto, tenemos que cambiar todo el formato del programa. Salimos hablando del escritor, luego pasamos al resto de los temas. Te mando info por correo electrónico”.

Yo tenía para un par de horas de actividad todavía,  a mil con las decenas de pequeños (o no tanto) problemas que surgen en la organización de un evento.  Entre uno y otro, trataba de pensar en los libros de García Márquez que más me habían gustado, en qué podía decir, en que me faltaba tiempo para prepararlo bien. Llegué a casa sobre las 2 de la mañana, y tenía en mi correo muchos documentos enviados por la producción sobre el escritor, su vida y su obra. Lo leí como pude.

Tertulia completa, con Rosario Castellanos, Ana Ribeiro, Juan Grompone, Carlos Maggi y una "convidada de piedra"
Tertulia completa, con Rosario Castellanos, Ana Ribeiro, Juan Grompone, Carlos Maggi y una “convidada de piedra”

No sé cómo salió. Me dicen que bien, pero yo no me quedé contenta. Maggi,  Grompone y Ribeiro hicieron todo por hacerme sentir bien, pero estar ahí y compartir la dinámica no es fácil, ellos están tan acostumbrados, dominan tan bien cuándo intervenir y cuándo no, el timing preciso, la palabra justa.  Me sentí mucho más cómoda hablando sobre novela negra que sobre García Márquez, pero pasé la prueba. Fue una experiencia muy linda, ¡sobre todo, recordarla cuando terminó¡ Y después, almuerzo en casa de Carlos Maggi, Ana Ribeiro estaba también. Carlos era un grande, una persona que enriquecía con su presencia. Un regalo volver a su casa, y compartir una charla sin mirar el reloj.

Sigo escuchando las tertulias (aunque ahora hay que llamarlas “mesas”) , y después de haber estado en una, cambió mi percepción, no sabría bien cómo explicarlo. Lo vi del otro lado, y al escucharlo en la radio, soy capaz de imaginarlo mejor. Por eso, no lo miro por Internet, prefiero las voces por radio, y recordar “mi” tertulia.

 

Alice y Felisberto

Alice Munro Felisberto Hernández

Alice Munro y Felisberto Hernández. Dos escritores. A primera vista, parecen no tener nada en común, excepto eso.

La primera coincidencia es aleatoria: estuvieron presentes en una edición de la revista literaria Letra Nueva, en la que participo. ¿Por qué los elegimos? Porque los admiramos, porque siempre tienen algo para descubrir, aunque uno relea textos que ya conoce. Pero también había motivos concretos en aquel momento (fin de 2013): Alice Munro acababa de ganar el premio Nobel de Literatura, y en el caso de Felisberto, se cumplían 50 años de su muerte.

Alice Munro
Alice Munro

Segunda cosa que comparten: los dos pertenecen a países que no han ofrecido demasiados escritores al mundo. Alice Munro es canadiense, y en su país no había una real literatura nacional en inglés. Los escritores anglófonos tuvieron que tratar de hacerse visibles a la sombra de dos gigantes: Inglaterra y Estados Unidos. Tan menoscabada era su identidad nacional que hasta mediados de los años ochenta todo escritor publicado en inglés debía firmar un contrato en el cual el Canadá aparecía como un territorio perteneciente a uno u otro imperio literario.

Felisberto Hernández, uruguayo, país escondido entre Argentina y Brasil, ¿qué les voy a decir? Un escritor que no se dejó avasallar por ese mínimo inconveniente, y que surgió con un estilo propio, único y absolutamente original. Un estilo muy difícil de definir y encasillar. En palabras de Italo Clavino, uno de sus grandes admiradores, “Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos; es un “irregular” que se escapa a toda clasificación, pero que se presenta a la primera ojeada sin ningún riesgo de confusión”.

Otra similitud es que ninguno de los dos se pueden definir como académicos, ni intelectuales, ni del mundillo literario, de los que se mueven como pez en el agua en entrevistas o conferencias. Como escritores, son “outsiders”: Alice se crió en la región sudoeste de la provincia de Ontario, tierra agrícola de sus ancestros inmigrantes británicos y europeos. Se trasladó con su primer marido a la Columbia Británica, donde tuvieron una librería, y tuvo tres hijas. Dice que escribe cuentos porque se acostumbró a los textos breves, los que podía escribir mientras sus hijas dormían la siesta. Un periodista español cuenta que cuando la conoció, se decepcionó: “No quería hablar de literatura, ni mucho menos de su obra; apenas aventuraba un juicio sobre algún libro que había leído, pero raramente sobre un contemporáneo. En cambio, me di cuenta de que observaba cada detalle de la gente que nos rodeaba, los gestos que yo hacía, alguna particularidad del café en el que estábamos.”

Felisberto Hernández
Felisberto Hernández

Felisberto Hernández fue un músico que recorrió pueblos y ciudades de ambos lados del Río de la Plata, tocando el piano en conciertos pueblerinos, cines de provincias y en cuanto lugar le pagaran por sus servicios. Sus textos están llenos de “mansiones misteriosas, de quintas solitarias en donde habitan personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas de secretos y neurosis”.

Munro y Hernández se diferencian en varias cosas, además de la obvia que es el género: Mujer, con tres hijas para criar en la época en que las tareas duras eran una carga muy pesada, sumado a su trabajo en la librería, no debe haber sido fácil para Alice hacerse el tiempo para escribir. En el caso de Felisberto, no tuvo una vida fácil, con cuatro mujeres, dos hijos, y escasos recursos. Alice ha tenido una vida tranquila, y no se cansa de mirar una y otra vez sus mismos lugares. Para ella, su pueblo es  “… el lugar más interesante del mundo”, según dijo en alguna entrevista. “Imagino que es porque cada vez sé más sobre él. Me produce una fascinación ilimitada”.

La vida de Felisberto fue mucho más ajetreada, siempre a salto de mata, luchando por subsistir, con anécdotas insólitas, desde escaparse de un cuarto de pensión de algún pueblo desolado por la ventana, porque no podía pagar la noche de alojamiento, hasta su matrimonio con una espía rusa, justamente él que políticamente siempre fue de derecha.

Otra diferencia importante es el reconocimiento que han tenido con su literatura: Munro ha tenido repercusión desde que publicó su primer libro, que ganó el premio literario más importante de su país, el premio del Gobernador General. Desde ese momento, cada nuevo libro publicado no hizo más que reafirmar el respeto y difusión que su literatura ha generado en el mundo entero, hasta culminar con el Premio Nobel. Hernández es actualmente un escritor de culto para mucha gente, y por ejemplo Julio Cortázar e Italo Calvino, entre otros,  han expresado la admiración que sienten por su talento de escritor. Su literatura se analiza en profundidad, y es objeto de críticas y estudios, debido a su originalidad, sus frases geniales y su manera de personificar los objetos o hacer de la anécdota más simple una historia exuberante. Pero no pudo disfrutar de ese reconocimiento en vida, aunque en el medio local, incluso en París fue respetado y por ejemplo intelectuales como Jules Supervielle le prestaron su ayuda y apoyo. Sin embargo, no se puede decir que eso le hizo la vida más fácil, ya que nunca estuvo a salvo de los apremios económicos y la preocupación por llegar a fin de mes.

Termino esta nota con una frase de cada uno:

 Felisberto: “Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que durmieran, pero ellos han soñado”.

Alice Munro: ” Cuando un hombre sale de una habitación deja todo detrás, cuando una mujer lo hace lleva todo lo ocurrido en esa habitación con ella”.